Mundo News -- ¿Porque no traduces el libro de Jeff?

El escritor y viajero incansable, Juan Manuel Vial escribe hoy desde Mexico y recuerda en este artículo su encuentro con el escritor americano Jeffery Paine.

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Al escritor estadounidense Jeffery Paine lo conocí en 1998 en la Freer Gallery, el magnífico museo que la Smithsonian Institution dedica al arte asiático en Washington. En uno de los salones de conferencias, Paine presentaba el libro que acababa de publicar, “Father India”. El subtítulo (“Cómo los encuentros con una civilización antigua transformaron al Occidente moderno”) me había hecho ir, y lo dicho por el autor me motivó a comprar ahí mismo una copia de tapas duras.

Al finalizar la introducción a su obra, Paine se puso a firmar copias. Cuando me correspondió el turno le dije que me interesaría entrevistarlo. Me contó que había tenido cierta amistad casual con José Donoso (“no es pájaro de mi devoción”, le expliqué yo), y que había leído los “interesantísimos” acercamientos de Miguel Serrano hacia Hesse y Jung. Se alegró en saber que Serrano aún vivía. Y me escribió una afectuosa dedicatoria en castellano.



No pierdo las esperanzas de que alguien con poder editorial y alma sensible repare la injusticia que se ha cometido con Jeffery Paine.




A los pocos días me fui a vivir a Nueva York y no supe de Jeffery Paine hasta un año después, cuando regresé a Washington. Lo llamé y concertamos la postergada entrevista. Sugirió un bar, el Chicha Lounge, en el animado barrio de Adams Morgan. Releí “Father India” con renovado placer -Paine es un prosista de excepción- y llegué a la cita con tiempo suficiente para tomarme un cape cod (vodka con jugo de cranberry) con el objeto de no tartamudear en las preguntas.

Era invierno. Paine apareció con un gorro de piel que bien podía haber sido de quiltro o de marmota, al estilo Daniel Boone. Otra excentricidad era su acento: profundo, matizado y ligeramente británico. No pude dejar de preguntarle la causa de esa entonación, animado ya por otras dosis de cape cods. Respondió algo que por su belleza y simpleza nunca olvidaré: “Mi acento lo aprendí en los libros”.

Concluida la entrevista apareció en el bar una anciana amiga de Paine. Su aspecto era desordenado. Él nos presentó y de la desdentada boca de la viejecilla salieron las siguientes palabras: “¿Por qué no traduces el libro de Jeff?”.

Regresé a Chile por dos meses, tiempo en el cual no gocé de la tranquilidad espiritual necesaria para escribir la entrevista. Me fui a Berlín y desde allí la mandé. Al final de ésta incluí un mensaje destinado a las editoriales del país. Decía algo así: “Tanto el autor del libro como el de la entrevista están interesados en la pronta traducción al castellano de ‘Father In- dia’ ”. Incluí una dirección de internet y sólo escribieron once probables traductores. Lamenté no haber especificado que la traducción correría por mi cuenta.

Desde Europa, y en la medida que la distancia lo permitió, dirigí el paso de la única copia de “Father India” por varias editoriales santiaguinas, sin éxito alguno. Entretanto cumplí un anhelo de infancia y me fui a la India por tres meses. Regresé a Chile convencido más que nunca de la importancia de traducir ese libro único, que habla de mentes privilegiadas que durante el siglo veinte se arriesgaron por la India, desde Lord Curzon hasta C. G. Jung. Pero nada: negativa tras negativa. Decidí emprender la traducción de cualquier modo, hasta que tuve que entregarme a una remuneración más terrenal.

Hoy por hoy sigo convencido de que hay una carencia fundamental en el mundo de las letras hispanoparlantes. Y no pierdo las esperanzas de que alguien con poder editorial y alma sensible lea esta columna y repare la injusticia. La copia autografiada y el traductor están disponibles.






     

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