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Mundo News -- Naipaul, el Hombre que Aborreció India

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India

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En India la figura del reciente Premio Nobel despierta desconfianza y resentimiento. Especialmente tras sus primeras declaraciones como laureado. Llegué a la India la misma semana que Naipaul, a mediados de noviembre del año pasado. Me enteré por los diarios de su presencia, cuando probablemente ya se había ido. Viajaba deincógnito

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Hace años Salman Rushdie denunció que India fue la triste ruina de V.S. Naipaul. Antes de partir, aseguró Rushdie, Naipaul exudaba afecto y humor. Al regresar, el peso de su decepción lo transformó en un ser más amargado. Pese a coincidentes experiencias con otro escritor inglés –pues eso es Naipaul “el inclasificable”-, me refiero a E.M. Forster, quien lo precedió medio siglo en su primera visita a India (ambos la pisaron alrededor de los treinta años, víctimas de una evidente crisis de identidad; ambos habían escrito cuatro novelas de éxito y eran considerados promesas de sus respectivas generaciones; ambos estaban insatisfechos con la aparente bonanza de sus existires), Naipaul no sacó mayor provecho de aquella experiencia iniciática, como sí lo hizo Forster. De partida, ningún provecho estético. “Cuán cansado estoy de los amantes de India, aquellos que hablan de ‘la hermosa India’ ”.

Sin embargo, siempre regresó. Aunque ya no con la quimera de encontrar una atmósfera familiar. Tuvieron que transcurrir veinticinco años, varios viajes y tres libros para que en las líneas finales del último de éstos, “India: A Million Mutinies Now”, Naipaul entregara una versión menos rencorosa del país que había heredado de su padre bajo el oneroso título de paraíso ancestral. Él, hombre “sin un pasado, sin ancestros” como le gusta definirse, fue en búsqueda del pueblo ancestral, mismo lugar que sus padres, hindúes nacidos como él en Trinidad, nunca lograron pisar. Lo que vio le pareció repulsivo. Recién bajado del avión escribió: “Y era claro que aquí, y no en Grecia, comenzaba el Este: en este caos de movimiento antieconómico, en el estrépito autoestimulado, en el repentino sentimiento de inseguridad, en la convicción de que todos los hombres no eran hermanos y que la maleta estaba en peligro”.

En su perspicaz libro “Father India” (Harper Collins, 1998), el escritor norteamericano Jeffery Paine se da maña para revelar los íntimos pormenores de la experiencia india de Naipaul. “Cada visita no significó un libro, pero esa primera sí (An Area of Darkness, 1962), y una cuarta también (India: A Wounded Civilization, 1977), y una visita a fines de los ochentas dejó otro ancho volumen (India: A Million Mutinies Now). Entre libro y libro escribió artículos sobre India, algunos de los primeros recolectados en The Overcrowded Barracoon, (1971). Un poco más de un millón de palabras de V.S. Naipaul constituyen una minienciclopedia de las fallas y carencias de una nación, si no un nuevo círculo para agregar al infierno de Dante. En 1927 el feroz Mother India de Katherine Mayo le significó a ella un nombre infame a lo largo de India, pero ahora Naipaul reemplazaba a Mayo como primus opprobium entre los lectores indios”.

Enemigo público

Llegué a la India la misma semana que Naipaul, a mediados de noviembre del año pasado. Me enteré por los diarios de su presencia, cuando probablemente ya se había ido. Viajaba de incógnito. El recorte que conservo es del “Hindustan Times”. Los dos cronistas que lo firman hacen evidente la desconfianza que les despierta el motivo de la visita, a veces con ironía: “Entre el millón de motines que ha observado en India una década atrás, V.S. Naipaul tiene a sus rebeldes favoritos, los Naxalitas. El león literario vino por ellos la semana pasada y aterrizó en los bosques de Karimnagar, el corazón mismo del movimiento Naxalita. Acampando en Hyderabad, hizo frecuentes viajes a los bosques, donde se encontró con los cabecillas del movimiento disidente liderado por el Grupo de la Guerra de la Gente”. En otro artículo que no pude encontrar, Naipaul, al igual que tantos otros antes de él, anunciaba el fin de la novela como forma aceptable de expresión artística. En su opinión, la vetusta fórmula era un elemento mortalmente debilitado por el abuso.

El Nobel no ayudó a que millones de lectores hindúes se reconciliaran con Naipaul. Al menos no por mucho rato. En su primera aparición pública de laureado sentenció que cuarenta años atrás los indios no eran lo suficientemente intelectuales como para entender y apreciar sus libros. “En estos últimos años India ha mejorado, y en ello he sido de ayuda”. Explicó también que “el problema con gente como yo, que escribe sobre sociedades donde no hay vida intelectual, es de que si uno escribe sobre eso, la gente se enoja”. Oyéndolo hablar de esa manera (no se equivocaba el escritor viajero Bruce Chatwin en catalogarlo de “pontificador”), ciertamente hay cabida para la crítica del escritor y académico de origen palestino Edward Said, quien ha dicho que Occidente consideraba a Naipaul “un novelista maestro y un importante testigo de la desintegración e hipocresía del Tercer Mundo, pero en el mundo post colonial es un hombre marcado como proveedor de estereotipos y asco hacia el mundo que lo produjo”.

Otra voz es la Shobha De, quien conoce personalmente a Naipaul y entiende que el Nobel es cualquier cosa antes que indio. En su columna semanal del Times of India, Politically Incorrect, publicada la semana pasada, sostiene que fue “Naipaul quien escribió cruelmente (y verídicamente, por supuesto) acerca de nuestras masas defecantes. Nuestra mugre, nuestra contaminación, nuestra pobreza y confusión. Nos encogimos. Reptamos. Sollozamos. Pero también regresamos por más. ¿Por qué? Porque reconocimos el genio de Naipaul. Incluso antes que el Nobel. Y reconocimos la verdad. Acerca de nuestros patéticos seres. Naipaul despedazó la autoestima de India. Nos basureó y nos basureó. Y todo lo que hicimos fue balar. Y suplicar. Cuán desesperadamente perseguimos su aprobación. Cuán desesperadamente. Queríamos que él nos quisiera. Y cuán arduamente tratamos de convertirlo en indio. Incluso un “indio honorario”. Nuestro hombre. Nuestro genio. Post Nobel, estaremos silbando una diferente (pero melodía igualmente enfermante). Empezaremos a jactarnos. Y a ensanchar nuestros pechos. Diremos cosas estúpidas. Haremos comentarios torpes (‘Al fin un escritor indio ha ganado el Nobel’)”. Según Jeffery Paine, “Naipaul no culpó a su padre por haberlo mal guiado; culpó a India por no ser digna de la visión de su padre”.





Viajar con Naipaul

Cargué en mi mochila por tres meses el “ancho volumen” de “India: A Million Mutinies Now”, confusamente traducido al castellano con el título de una obra anterior, “India. Una Civilización Herida” (Debate, 1998). Debo a su lectura el haber conocido al genial Periyar, el predicador de la antidivinidad, el opuesto de Gandhi. Por cincuenta años inició sus discursos con la siguiente frase de antología: “Dios no existe. Dios no existe. Dios no existe en absoluto. Quien inventó a Dios es un imbécil. El que difunde a Dios es un canalla. El que adora a Dios es un bárbaro”. La singularidad del personaje merecía que Naipaul se detuviera varias páginas “explicándolo”: “Resultaba difícil creer que en ninguna parte de la India se pudiese aceptar algo tan directo y ácido, si no se ofrecía algo más. Y lo que ofrecía Periyar, junto con su ‘racionalismo’ y su rechazo de Dios, era el rechazo de los brahmanes y de su lenguaje; el rechazo del norte; el rechazo de las castas; el rechazo del desprecio de los rubios del norte hacia los morenos del sur”.

El enorme atractivo de “India. Una civilización herida” es que Naipaul el pescador (el periodista-escritor-viajero) nos entrega una red repleta de personajes reales, profundamente disímiles entre sí, cuya única característica comun es abocar sus existires a complotar (por lo que el título en inglés, alusión al primer motín de 1857 y a los posteriores, es tanto más apropiado), entregados a pequeñas luchas individuales, algunos escudados en grandes causas y otros solamente tras su provecho personal. Dipanjan, ex revolucionario, era de los primeros. Ahora es profesor de ciencias en una escuela de Calcuta y recuerda vívidamente la entrevista con Naipaul, hace más de 10 años atrás. “Tomó escasas notas de lo que yo decía. Pese a ello en el libro todo apareció tal como lo dije. Ha de tener una memoria privilegiada. Me hizo firmar un documento en el que yo autorizaba que mis dichos aparecieran en una hipotética obra”. En la siguiente frase no tan sólo se evidencia el fervor revolucionario de Dipanjan, sino que por sus labios también se deja oír, en sotto voce, la voz de Naipaul: “Vivía oculto en aquella cabaña. Si el terrateniente se hubiera enterado de mi presencia me habría matado o me habría entregado a la policía. Sabía que era peligroso. Sabía que había transgredido la ley. Pero matar a un hombre no se considera contrario a ningún código ético. Tiene que entender que el Ramayana y el Mahabarata rigen el código cotidiano de los hindúes, lo mismo que ocurre con el Corán entre los musulmanes, y que son libros que ensalzan el matar por un fin superior. Yo diría que, como cualquier otro indio, no pensaba que estuviera cometiendo una atrocidad ética por defender el matar a alguien por una causa”.

La reconciliación definitiva, y el mea culpa, las reservó el autor para las páginas finales: “Al cabo de veintisiete años, yo había logrado hacer una especie de viaje de vuelta, librarme de mis nervios de indio, abolir la oscuridad que me separaba de mi pasado ancestral. En 1858, William Howard Russell describió (y lo comentó) un vasto país físicamente en ruinas, incluso lejos de las batallas del Motín. Unos veinticinco años más tarde, mis antepasados, nacidos en una parte del país por la que viajó Russell (de la forma a la que se tenía acceso por entonces), fueron en calidad de sirvientes contratados a las plantaciones de azúcar de Guyana y Trinidad. Yo llevaba en la sangre esa idea de miseria, derrota y vergüenza. Fue la idea que me llevé a la India en aquel lento viaje en tren y barco, en 1962”. Y luego: “Lo que no comprendí en 1962, o me lo tomé como algo cotidiano, fue hasta qué punto habían reconstruido el país, ni siquiera hasta qué punto la India había vuelto a sí misma, tras su propio equivalente de la Edad Media, tras las invasiones musulmanas y los vandalismos del Norte, minuciosos, repetidos, los imperios cambiantes, las guerras, la anarquía del siglo XVIII

     

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