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Alberto Fuguet nos regala una brillante columna, en La Tercera Reportajes,domingo 13 de octubre del 2002. Si todos los parricidios fueran asi de bienlogrados... Pato Navia
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Untitled Document
Fuguet homenajea al escritor colombiano
Un largo y sinuoso camino
A regañadientes, el escritor chileno reconoce la "paternal"
influencia que
Gabriel García Márquez ejerció sobre él en sus comienzos
literarios. En la
misma semana que el Nobel publica su esperada autobiografía, el "hijo
pródigo" relata cómo la admiración dio paso a la necesidad
de diferenciarse
de él. Así publicó McOndo, la compilación de relatos
que le valió el título
de "parricida del realismo mágico".
Por Alberto Fuguet
Antes de que yo fuera un parricida y "odiara" a García Márquez,
yo quise
ser cómo él. Ya, lo dije. Una aclaración: No quería
ser un escritor como
GGM ni quería usar una guayabera como GGM. Lo que deseaba en forma
desesperada era ser un periodista como él lo había sido. Soñaba
ne-ce-si-ta-ba escribir crónicas como las suyas.
Partí, claro, imitándolas.
Pero eso fue antes, cuando era joven e indocumentado.
Tanto he leído de mis sentimientos anti-García Márquez
que, por un
instante, me los creí. Algo aporté yo, claro. Mi irritación
hacia sus
imitadores y a ese software que, sin querer, él creó para fascinación
de
los cultores del kitsch y el lugar común contribuyeron a la confusión.
Algunos insisten en que soy algo así como el líder de un movimiento
fundamentalista cuyo fin no sólo es exterminar al veterano escritor que
ahora sacó sus memorias sino instaurar una república autónoma
e
hiperrealista, repleta de McDonald\'s y Blockbusters, donde las abuelas no
pueden volar, los tucanes deben quedarse callados y se prohíba la venta
de
todo objeto remotamente folclórico a menores. Esto no es así.
Bueno, no es
tan así. Algo de esto es cierto, sin duda; a estas alturas del nuevo
siglo,
la gente puede ser tonta pero no inocente.
Mi "delito" fue co-editar, junto con mi compatriota Sergio Gómez,
una
dispareja antología de cuentos de autores latinoamericanos contemporáneos
de fines del siglo XX que llevó el divertidillo e ingenioso nombre (el
nombre fue mío y, sí, fue ingenioso, para qué andar con
cosas) de McOndo.
Una aclaración tan obvia que se resbala: Sin Macondo no hay McOndo. Las
innumerables imitaciones de 100 años pueden considerarse un homenaje,
pero
no hay mayor halago, dicen, que la sátira. Para zanjar este tema: McOndo
es
la contraparte exagerada de Macondo; la verdad, como siempre, está en
el
medio.
Otra cosa: Para que exista un parricidio debe haber un hijo, un padre, algo
no resuelto y mucha sangre. En mi caso, falta la sangre. Y, sí, claro,
existía algo que no estaba resuelto. No me siento el hijo de GGM, no
es
para nada mi padre y, sin embargo, a veces me percato de que su ADN está
en
mi sangre.
Un padre siempre marcará al hijo: Para bien, para mal, por omisión.
Es
apabullante la cantidad de energía que un hijo puede gastar para tener
a su
padre cerca. Todo esto tendré que conversarlo algún día
con un sicólogo. O
quizás no.
Porque, de a poco, mi lazo con este super-giga-mega star que es GGM ha ido
limpiándose. Paralelamente, y no creo que de casualidad, la relación
con mi
propio padre mejoró tanto que hoy el que tengo enfrente poco y nada tiene
que ver con aquel ser que tanto temí, eché de menos o necesité.
Las cosas
no cambian porque sí; cambian cuando uno logra cambiar.
Parricidio es una palabra fuerte pero encierra algo innegable: Es un acto
que sólo puede producirse entre dos personas muy pero muy cercanas. Para
que el asesino exista, antes tuvo que existir el padre. Ese fue, sin duda,
mi caso. Antes lo quise matar (¿para independizarme?, ¿para existir?,
¿para
llamar la atención?), ahora deseo simplemente leerlo y aprovechar todo
lo
que me pueda enseñar.
Mi Nobel privado
El día que GGM ganó el Nobel yo estaba algo desesperado y no creía
mucho en
mí mismo. Tenía 18 años, mi familia se había ido
al carajo y era el único
de mi clase que no fue capaz de ingresar a la universidad. Yo quería
Periodismo o Periodismo, no había otra opción. Tenía malas
notas y no sabía
muchas matemáticas. En esa época en Chile era obligación
estudiar
periodismo para ejercer de reportero y, para más remate, sólo
existían 79
cupos en todo el país. Yo en ese entonces no quería ser escritor
ni pensaba
serlo ni conocía gente que tuviera la ocurrencia de dedicarse a algo
tan
extraño como ello.
Ese año 82 entonces, iba a un preuniversitario en la mañana y
en las tardes
iba al cine. Escribía crónicas que enviaba a periódicos
y revistas que
nunca eran publicadas. Ese año, de puro aburrido, me dediqué a
leer. Mi
español ya estaba suficientemente bueno como para entender el lenguaje
de
los escritores latinoamericanos. Donoso me parecía complicado y Carlos
Fuentes, pedante. Vargas Llosa, en cambio, me dio vuelta. No lo podía
creer. Quedé fascinado -por la cercanía, por la manera como pude
indentificarme- con Los cachorros, Los jefes, La ciudad y los perros y,
sobre todo, La tía Julia y el escribidor. Yo deseaba ser como Varguitas
y
trabajar en una radio o, no sé, en la crónica policial. Manuel
Puig cayó en
mis manos gracias a sus portadas y a sus títulos pop y, si bien no entendí
nada de Pubis angelical (me encantó eso sí el título),
me sorprendió
gratamente Boquitas pintadas. Mi novela favorita, hasta ese entonces, era
Sobre héroes y tumbas y mi meta era conocer Buenos Aires y el Parque
Lezama. Pero también leía mucho a Harold Robbins, Irving Wallace
y me leí
dos veces Hombre rico, hombre pobre.
Un escritor se forma tanto por lo que lee como por lo que no lee. Como yo
no quería ser escritor ni me movía en círculos literarios
me salté a
Cortázar, Borges y García Márquez. En el colegio me asignaron
El coronel no
tiene quien le escriba, pero no lo leí, la chica de la cual estaba
enamorado me lo resumió y, con inventiva, pude sacarme una nota decorosa.
Pero ese año 82, en una librería de viejos, encontré un
libro del mismo
autor que se llamaba Crónicas y reportajes.
El librito no era usado pero la edición, de Oveja Negra, dejaba mucho
que
desear. Rápidamente se transformó en mi libro favorito y, de tanto
leerlo y
memorizarlo, se comenzó a desgajar. Mi crónica favorita fue, por
cierto, la
que más me identificó: ¿Por qué va usted a matinée?.
Yo estaba asistiendo
casi todos los días a la matinée y, tal como lo estipulaba GGM,
iba solo y
me sentaba en los sectores laterales. "Si a un verdadero cineísta
se le
dice en la calle que una película es insoportablemente mala, asistirá
entusiasmado a la próxima exhibición, para convencerse de que
es mala en
realidad". Yo usaba la palabra cinéfilo, pero bueno, quizás
así se definía
los adictos al cine en Colombia, pensé. Me gustaba como GGM opinaba en
medio de la crónica. Esto no es pura noticia, era algo más. "Parece
como si
las pisadas sonaran menos en el piso alfombrado, pero la realidad es que
quienes asisten a la proyección de esa hora procuran, inconscientemente,
pasar inadvertidos".
Si entraba a Periodismo, me prometí, quería escribir crónicas
exactamente
como esa. Por eso cuando, a la salida de una función de matinée,
vi el
titular de La Segunda anunciando que GGM había obtenido el Premio Nobel,
sentí que, de alguna manera, ese premio era mío. Estaba orgulloso.
Yo tenía
ese libro en mi mochila, yo lo había descubierto. Quedé algo impactado
al
comprobar que no era el único que lo había leído.
Gabo, Silvio, Fidel, Pablo y Miguel
De alguna extraña manera, GGM me ayudó a pasarme a la ficción.
En la
Escuela de Periodismo. Todos los ejercicios prácticos los escribía
como
crónicas de GGM. En vez de usar la pirámide invertida, partía
con un
"Cuando fulano de tal..." e inventaba el resto, imaginándome
qué pensó el
asesino que mató por encargo o el traficante de droga que iba arriba
de un
barco. A mis profesores no les pareció divertido. "García
Márquez puede
escribir así porque es García Márquez". Yo les decía
que no, que escribía
así en los años \'50 antes que GGM fuera GGM.
"Mira, quizás es un gran escritor, pero no es un buen periodista;
inventa
mucho"
"¿Y?"
"Te parece poco. Tú más que reportero pareces escritor".
"Debo tomar eso como un insulto".
El verano siguiente leí, on the road, en mi primer mochileo por el sur
de
Chile, Cien años de soledad. Me reí a gritos. Lo terminé,
me acuerdo, sobre
la carretera Panamericana, frente a Frutillar. Mi compañero de viaje
se lo
sabía de memoria y me iba diciendo: ¿En qué parte vas?,
¿llegaste al
momento en que vuela? La novela me pareció formidable, pero nunca me
pareció que era sobre mí, sobre mi familia o sobre mi país.
Esta era una
novela loquísima sobre un mundo ajeno y fascinante.
Después llegó a mis manos Crónica de una muerte anunciada
y, poco tiempo
después, el primer capítulo de El amor en los tiempos del cólera
fue
publicado en El Mercurio un domingo y quedé tan sobrecogido que partí
a
comprar la novela al día siguiente, gastando de paso todo mi dinero ahorrado.
Como sucede también con tus padres, con el paso de los años sientes
la
necesidad de distanciarte de ellos. No sé bien cómo empecé
a cansarme de
Gabo (de partida, no toleré eso de que le dijeran Gabo). Creo que fue
cuando mi di cuenta de que para cierta gente que no toleraba del todo, GGM
era su autor favorito. La ultraizquierda que odiaba la cultura pop de USA
y, sobre todo, las películas de Hollywood que me gustaban, lo alzaba
como
un ídolo, junto a esos cantaautores como "Silvio" y "Pablo".
En esa época,
tenía un compañero de curso, hijo de burgueses, que andaba siempre
fumando
marihuana y usaba chalecos peruanos; cada verano mochileaba por países
latinoamericanos buscando la verdad. De Ecuador, me acuerdo, trajo de
contrabando varios ejemplares de Miguel Littin: Clandestino en Chile. En un
principio, no me lo prestó pero igual se lo quité a un amigo que
tenía
carné partidista. Lo leí en dos horas. Me gustó la idea
de asumir la voz de
otro al momento de hacer un reportaje. Gran, gran idea. Una idea copiable,
pensé. Pero no me gustó la opción de asumir la voz de Littin.
Había visto,
en video, en la Escuela de Periodismo, algunos filmes de Littin y me
parecía del todo sobrevalorado. Tampoco me atraía tanta foto con
Fidel,
tanta ida a Cuba. Estaba confundido: Yo me sentía progre, anti-Pinochet,
pero estéticamente me sentía muy alejado de esa estética.
Así, de a poco, GGM se fue alejando de mí. Y cuando vi que, por
leer a
Vargas Llosa, era tildado de "imperialista" en la Escuela, y me enteré
que,
en esta vida, o estabas del lado de Gabo, como me dijo una colorina que era
parte de JJ.CC., o de Vargas Llosa, opté, sin pensarlo, por el autor
de la
naranjísima Historia de Mayta, una novela que fusionaba en forma magistral
el periodismo con la novela.
Luego apareció La casa de los espíritus. Entonces me dije: ¡Basta!
Me tengo
que alejar de este mundo lo antes posible.
The Road to Bogotá
Amedida que pasan los años uno regresa a aquellos que te apoyaron en
tus
comienzos. Miro los subrayados que le hice a Crónicas y reportajes y
vuelvo
a sentir la fascinación del que siente que encontró exactamente
lo que
andaba buscando.
Con el tiempo, además, fui captando que una cosa era GGM, otras eran
sus
libros (libros de todo tipo, libros grandiosos, libros menos afortunados,
pero todos libros suyos, propios, inimitables aunque algunos creen que sí,
que se puede imitar) y otra era la gente que lo apreciaba-amaba-imitaba.
McOndo, desde luego, surgió cuando algunos norteamericanos consideraron
que
lo que yo escribía no era ni malo ni bueno sino "poco latinoamericano".
"Podrías ser más García Márquez".
"Yeah, sure".
Mi imagen de GGM empezó a cambiar cuando alguien me dijo que escribía
en
Apple. Es más, era tan fanático de Apple, tan anti-PC, que Apple
le enviaba
de regalo cada nuevo producto que inventa.
"No te creo. O sea, escribe en un iMac". "Eso dicen".
"Se me sube el viejo".
Hace poco más de un año, recibí la invitación de
Alfaguara de viajar a
Bogotá a presentar mis libros. Lo primero que pensé fue "por
ningun
motivo". La razón no era la violencia guerrillera sino el pánico
de pisar
la tierra de GGM.. "No vayas, es territorio enemigo; en el aeropuerto
detectan a los que no son pro-Gabo y los expulsan".
"¿Sí?"
Pero después recordé que Andrés Caicedo también
era de Colombia y que un
país que podía crear dos escritores de esa talla era, sin duda,
un gran país.
Además, en Serendipity, John Cusack busca en forma desesperada un ejemplar
de Love in time of cholera por todo Estados Unidos pues sabe que, dentro de
la novela, está el fono de la mujer de su vida.
En Bogotá opté por empezar mi reconciliación con GGM.
Estaba en su
territorio, no era para nada enemigo, y en cada cuadra había algo digno
de
Macondo y, claro, algo digno de McOndo. Me sentí, curiosamente, en casa.
En un mall, en Tower Records, me topé con los libros de GGM al lado
de los
cds de Blink 182 y los dvds de Tim Burton. No encontré un ejemplar mejor
pegado de Crónica y reportajes, pero sí unos lujosos tomos de
toda su obra
periodística. No eran del todo baratas pero decidí comprarlas,
sentí que
era lo mínimo. Agregué al último minuto Cien años
de soledad, Doce cuentos
peregrinos y Noticia de un secuestro. Por los parlantes empezó a sonar
We
are southamerican rockers, de Los Prisioneros.
-Parece que usted es fan de Gabo, me dijo la chica de la registradora.
-Era. Ahora voy a empezar de nuevo. Veamos qué pasa.
Uno aprende mucho de sus padres. Uno aprende lecciones de cómo ser en
la
vida y, también, quizás con más fuerza, uno procesa a través
de su imagen,
qué no desea ser. GGM me ayudó a ser escritor pero, más
importante, creo,
me permitió, por omisión o por defecto, escribir a mi manera.
La culpa de un "parricida"
A mediados de año la prestigiosa revista Newsweek dedicó su portada
al
escritor chileno Alberto Fuguet, a quien identificó como el líder
de una
generación de escritores "fogueados y con agallas" que daban
por muerto al
realismo mágico, el movimiento que popularizó Gabriel García
Márquez.
Fue William Kennedy, el famoso escritor norteamericano quien ungió a
Fuguet
como el más enconado "parricida" de la escuela que siguieron
muchos de los
tótems latinoamericanos como Arturo Uslar Pietri, Julio Cortázar
y Mario
Vargas Llosa.
La "insolencia" de Fuguet comenzó en 1996 cuando, junto al
escritor chileno
Sergio Gómez, editó "McOndo, una antología de nueva
literatura
hispanoamericana", una selección de relatos de 17 jóvenes
escritores, entre
los que figuraban futuros consagrados como el argentino Rodrigo Fresán,
el
peruano Jaime Baily, y el propio Fuguet.
En una evidente alusión a la mítica ciudad de Macondo, donde
se desarrolla
el más famoso libro de García Márquez "Cien años
de soledad", Fuguet
redactó una declaración de principios sobre sus aspiraciones.
"Puro
realismo virtual, pura literatura McOndo. Algo como \'La casa de los
espíritus\', sólo que sin espíritus", dijo entonces.
Fuguet continuó renegando en 1997, con el artículo "Yo no
soy un realista
mágico". Y hoy, cuando García Márquez lanza su autobiografía,
Fuguet
reconoce finalmente que en un comienzo quiso escribir como él.
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